Comienza la caza. Se dilatan los ollares con las pupilas como soles, el pelo erizado frente al viento quieto, lo único que se mueve es el halito brumoso de una concentración primigenia.
Aparecera, aparecera. La presunta presa prófuga, inalcanzable irrestible inmaculada, delicioso deseo desesperado.
Sólo la presa duerme, la caza ronda, eterna y sonámbula, sedienta y hambrienta, excitada y confusa, hasta que las muerte los separe.
El último eco
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El portazo, el eco de aquel golpe, las reverberaciones que la furia le
impusiera a aquel gesto aún no morían dentro del castillo vacío, seguirían
escuchánd...
Hace 2 días
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